miércoles, 14 de abril de 2010

Grandes misterios de la prehistoria: Formación del lenguaje humano, orígenes del lenguaje doblemente articulado


Albert Einstein” - Cuando me preguntaron sobre algún arma capaz de contrarrestar el poder de la bomba atómica, me atreví a sugerir la mejor de todas: La paz.


IDEAS PRELIMINARES

Sin duda el lenguaje humano debe llamarnos la atención por las enormes posibilidades que nos ofrece, y por las grandes diferencias que se observan entre la comunicación entre animales dentro de su propia especie, y la comunicación entre humanos.

Mientras se prepara un artículo más profundo y completo sobre esta temática, en la siguiente sección se presentará al visitante la transcripción resumida de un muy interesante documento sobre esta cuestión del lenguaje humano y sobre sus orígenes; el documento original puede ser ubicado en la dirección web que seguidamente se indica.

http://www.scielo.org.co/scielo.php?pid=S0120-46882008000100021&script=sci_arttext


PRAXIS FILOSÓFICA

Sebastián Agudelo, Universidad del Valle, Colombia

LOS ORÍGENES DEL LENGUAJE; Puente Ferreras, Aníbal y Gabriela Russell, Madrid, Alianza Editorial, 2006, 335 páginas.


Cuenta Heródoto que el rey egipcio Psamético I (664–610 a.C.) encomendó a un pastor la labor de cuidar a dos niños recién nacidos, debiéndolo hacer en estricto aislamiento y sin dirigirles palabra en lo más mínimo; este experimento tenía como objetivo de que los primeros vocablos de esos niños fueran pertenecientes a la lengua originaria. Con esto, Psamético I pretendía conocer cuál era el pueblo más antiguo.

Al cabo de dos años, el pastor advirtió que los niños a su cargo habían hecho suya la palabra bekos. Indagando su procedencia, el rey egipcio llegó a la conclusión de que el pueblo frigio era el más antiguo, pues con este nombre llamaban al pan.


La idea de que habría un código originario que reposa en lo más profundo de todo hombre es usual en muchos relatos y en muchos ensayos (incluidos muchos escritos científicos o pseudo-científicos).


Los mitos han sido el espacio privilegiado para hacer del hombre el portador exclusivo del mayor de los dones divinos, el don de la palabra, el don de la comunicación. De entre ellos, el Libro del Génesis ha sido el más difundido en la sociedad occidental (pero no el único), y fue acaso el más aceptado hasta que el proyecto moderno de la Ilustración emprendió la merecida inquisición en cuestionamiento de los relatos bíblicos. Fitchte, Humboldt, y Herder, entre otros, aportaron elementos e hipótesis a las nuevas ciencias del hombre que se referían a la naturaleza de su competencia verbal.

Los nuevos esfuerzos fueron a menudo nuevos abusos a la materia. La especulación fue casi tan abundante como el número de monografías, de suerte que en 1866, la Sociedad Lingüística de Paris resolvió que en lo sucesivo no admitiría «aucune communication concernant, soit l’origine du langage, soit la création d’une langue universelle».

Por cerca de un siglo la lingüística se encargó de temas subyacentes, y dio vía libre a que otras ciencias expusieran sus conjeturas sobre los orígenes del lenguaje.

Teoría evolutiva, psicología, arqueología, paleontología, y ciencias de la información, hacen parte de las disciplinas que se encargaron de este tema. El veto afectó tanto los intereses de la lingüística, que Bickerton (1994, vol. 5, p. 2881) escribió que “Con muy pocas excepciones, sólo a partir de principios de los noventa han tenido los lingüistas el coraje de meterse con este tema; en consecuencia la discusión ha estado estorbada por la ingenuidad lingüística de los estudiosos de otras disciplinas que han abordado estas cuestiones”.

La ingenuidad no fue, sin embargo, el único aporte de los estudiosos de las otras disciplinas. Diferentes instrumentos, paradigmas, y niveles de investigación, fueron implementados, permitiendo de esta manera que el estudio de los orígenes del lenguaje fuera multidisciplinario por excelencia.

La proliferación de estudios es también una angustia para el neófito que se interesa en el tema. A este público se encuentra dirigida la obra de Aníbal Puente y Gabriela Rusell que aquí reseñamos y comentamos. Aníbal Puente, profesor e investigador de la Universidad Complutense de Madrid, y Gabriela Rusell, profesora de la Universidad de Quilmes de Argentina, han querido recoger las consideraciones, a su juicio más preponderantes, para lograr introducir al público no especializado en los ejes capitales del estudio de los orígenes del lenguaje.

Su libro, bien estructurado y escrito en un lenguaje sencillo, guía con destreza al lector por las sendas fragosas de las ciencias del lenguaje. El índice es una prueba del interés por alcanzar un estado de la cuestión por medio de un diálogo crítico con el sinfín de autores que invitan en más de 300 páginas. Alcanzar un estado de la cuestión no implica, claro está, la solución del problema. De hecho, esto es lo que piensan Puente y Rusell cuando dicen creer que ninguna teoría podrá jamás explicar con exactitud cómo evolucionó el lenguaje (p. 27). Su veredicto no es, sin embargo, una censura, de tal suerte que su tarea es enriquecer la reflexión.

Dividido en 7 capítulos, a los que hay que sumar prólogo y epílogo, es de notar que Puente y Rusell han tenido en cuenta aspectos biológicos, psicológicos, y lingüísticos, a lo largo de su extenso compendio. En el primer capítulo, intitulado “Biología y aprendizaje”, los autores discuten las relaciones que una especie mantiene con otras especies y con su medio. Dos patrones antagónicos sirven para interpretar la información: el que da exclusividad a la crianza, y el que agota en la herencia los recursos del comportamiento.

El conductismo de B. F. Skinner es la base de los discursos que mantienen la primera hipótesis. En "The behavior of organisms" (1938), Skinner sostiene que sin importar su posición taxonómica, todo organismo es, en su umbral, una tábula rasa que selecciona comportamientos a partir del tipo de incentivo que produce su práctica; si la experiencia es placentera, el organismo muy seguramente buscará la manera de volverla a vivir.

Una posición contraria, opinan Puente y Rusell, es la mantenida por la etología. Para esta ciencia del comportamiento, el concepto de instinto es elemental, puesto que ese es un mecanismo de programación genética que no sólo determina las conductas de un individuo (especie), sino también los tipos de estímulos exteriores que le son significativos, es decir, de los que puede aprender. La efectividad de un condicionamiento o de un aprendizaje depende tanto de si “el estímulo y la respuesta [esperada] pertenecen al mismo campo o modalidad sensorial” (p. 39), como de la acogida que pueden brindarle las estructuras biológicas del individuo.

Ni innatismo ni empirismo logran explicar por sí solos las disposiciones motrices, ni qué decir de sus intentos asilados por explicar la capacidad lingüística. El siglo veinte se ha batido en dos posiciones que se pueden simplificar, acaso con abuso, en la sostenida por Noam Chomsky, por un lado, y en la desarrollada por Skinner, del otro.

En "Verbal behavior" (1957), Skinner aplica su método conductista al estudio del lenguaje, toda vez que éste es, a su modo de ver, un comportamiento motor. De ahí que intente revelar el aprendizaje del habla en el infante por medio del esquema estímulo-refuerzo-privación que tiene lugar en un entorno particular.

Noam Chomsky (1959) consagró una reseña de este libro a exponer las enormes lagunas del enfoque skinneriano en el estudio del lenguaje y, más tarde enseñaría con detalle sus propios pareceres acerca de la facultad lingüística humana.

A pesar de las críticas de Chomsky, por muchos años reinaron proyectos conductistas que buscaron enseñar diferentes códigos de comunicación a chimpancés, con el objeto de conocer si nuestra proximidad era, además de zoológica, también simbólica.

Los avances en esta línea son ciertamente modestos, aunque no desdeñables. Más adelante volveremos sobre ellos.

Puente y Rusell se permiten rastrear el espíritu dualista, que enfrentó las tesis de Skinner y las de Chomsky, hasta los inicios de la época moderna, y recuerdan que la oposición entre memes y genes que se mantiene en la actualidad, no difiere en esencia de la que otrora mantuvieron empirismo y racionalismo.

El designio de los autores es, ante todo, bosquejar una síntesis muy general que comprenda estas perspectivas; de no ser así, la ciencia se verá dogmatizada, al tiempo que justificará haberse convertido en la plataforma de muchos discursos políticos malintencionados. Damasio (2000) es uno de los elegidos para cumplir esta tarea. Puente y Rusell recuerdan las palabras de Damasio que versan que un organismo posee un gran número de rasgos no determinados epistemológicamente –sino estructuralmente, si se quiere- que se configuran en relación con el ambiente; entre estos menciona los sectores modernos del cerebro.

A este tipo de dinámica entre genes y ambiente se le llama “radio de reacción”.

La prohibición del incesto, por ejemplo, es resultado de esta dinámica. En ella participan aspectos de interrelación social, apego, canje y biología (De Waal, 1993) que impiden reducir el problema a una sola variable.


En el segundo capítulo, “¿Somos los únicos que hablamos?”, Puente y Rusell abordan los sistemas de comunicación humanos y los de los (demás) animales, desde el punto de vista de la lingüística.

Hay que notar aquí la especial atención que recibe la llamada paradoja de la continuidad, señalada por Bickerton (1990), como prueba de la diferencia fundamental entre códigos humanos y códigos animales. La consideración de que el lenguaje humano sería el resultado de la evolución paulatina de un código animal es paradójica, toda vez que el código que pudiese haber dado vida al lenguaje no ha sido encontrado; no hay por tanto indicios para atribuir a ningún animal la paternidad de nuestro hablar.

La diferencia entre el lenguaje humano y los códigos animales es tanto cualitativa como cuantitativa. El número de palabras de un hombre ordinario supera por miles el de un chimpancé perspicaz, y la estructura del lenguaje de aquel se distingue en términos fonológicos, morfológicos, sintácticos, semánticos, pragmáticos, y tecnológicos, de la naturaleza de los códigos animales.

Junto con este nivel lingüístico, los autores destacan en su reflexión el hecho de que más que un sistema de comunicación, el lenguaje es un sistema de representación. Sobre él estructuramos nuestra consciencia y el mundo que nos rodea; tanto así que el lenguaje determina la manera en que el mundo nos llega a los ojos. El lenguaje es una interpretación del mundo (Lee Whorf 1941).

El tercer capítulo (“Biología del lenguaje”) se encarga de desarrollar algunos elementos del lenguaje desde el punto de vista de la biología. La reflexiones de Noam Chomsky son nuevamente investidas de la mayor autoridad, más aún pues el lenguaje es a su modo de ver una entidad propia, un órgano, más que un instrumento del pensamiento. El lenguaje no es algo que se enseña formalmente.

Chomsky plantea que debe existir un dispositivo de adquisición del lenguaje (LAD, por sus siglas en inglés), seguramente ubicado en el encéfalo (Chomsky 1968), que determina la manera en que un niño se hace de su lengua materna independientemente del tipo o calidad de modelo verbal o estímulo que tenga. Incluso si el estímulo es pobre, el niño logrará hacerse del código, siempre que no supere el periodo crítico de aprendizaje.

El LAD contiene los elementos gramaticales universales que conforman, en diferentes configuraciones, todas las lenguas existentes. El papel del niño consiste en develar los datos sensoriales a partir de los conceptuales que le son inherentes. Con todo, la creatividad que cada uno posee es responsable de que a partir de finitos elementos del corpus gramatical universal, una lengua pueda engendrar infinitas configuraciones.

La sintaxis recibe gran atención en esta hipótesis porque explica que a pesar de las ambigüedades que pueden resultar en el habla, es posible comprender el significado de las oraciones. Con el objetivo de explorar más a fondo las relaciones semánticas con las sintácticas, Chomsky divide las ambigüedades en dos niveles que reciben el nombre de estructura superficial y estructura profunda (bien que su síntesis minimalista ya no sostenga este fraccionamiento).

Otra división fundamental de la lengua, que permite el estudio de los componentes innatos del lenguaje, es la de competencia lingüística y la de actuación lingüística. La primera es la que interesa a la gramática generativa. Ella se estudia a través de la puesta en escena del discurso, o actuación, que lleva a cabo un hablanteoyente ideal, a saber, un sujeto que no comete ningún tipo de errores en su discurso. No hace falta aclarar que ese es un concepto abstracto, pero sí que de él depende que la intuición lingüística tenga más peso que los datos sensibles.

A pesar de haber dado pie a los estudios biológicos de la gramática, Chomsky se abstuvo de desarrollar conjeturas con respecto a la emergencia filogenética de esta facultad. Puente y Rusell recuerdan a algunos de los más osados discípulos de Chomsky, que no han atendido a su reserva, de entre los cuales Pinker recibe la mayor atención.

Pinker ha intentado una fisiología del lenguaje que, además de tener como base los trabajos de Chomsky, se vale de los de Dawkins, para dotar a sus razonamientos de una perspectiva evolutiva (ultradarwinista, habría que decir).

Jenkis (2001) sigue a Chomsky muy de cerca y se impide, tal como éste, tratar el tema.

Bickerton, por otro lado, que comparte con Pinker y Jenkins la ascendencia filosófica chomskiana, se vale de la teoría de los equilibrios puntuados de Gould y Eldredge, para afirmar que el lenguaje emergió de un macromutación genética (“catastrofismo”).

Evitando profundizar en esta última línea, Puente y Rusell se proponen demostrar con la ayuda de algunos de los autores mencionados, que han analizado los trastornos del lenguaje, la hipótesis innatista de Chomsky desde una perspectiva ontogenética.

Afasias, dislexias y lesiones del hemisferio izquierdo, son rápidamente miradas en aquello que pueden corroborar de la teoría de la gramática generativa. Además de la figuración de un periodo crítico para la adquisición del lenguaje, Lenneberg (1967) ha propuesto una serie de etapas o hitos bien definidos, que sistematizan los datos observados en el proceso de adquisición de la primera lengua, y que fortalecen en otro nivel lo que Chomsky había dicho de la aptitud del niño para hacerse de un lenguaje. Estos hitos son acompañados de un programa motor que se desarrolla paralelo al lenguaje y que, tanto como aquel, es inmune a las influencias del ambiente.

El apartado cuarto lleva el título de “Lenguaje y cognición”. En éste se enfrentan de nuevo las hipótesis del innatismo y la que tiene al aprendizaje como pilar, sólo que esta vez la relación pensamiento-lenguaje es el telón de fondo.

Piaget, quien ha estudiado el desarrollo del habla en el niño, es contrapuesto a Chomsky. Y la incompatibilidad entre ambos no es ciertamente trivial.

Para Piaget el lenguaje es un reflejo del pensamiento y de la capacidad simbólica inherente al hombre y no su precursor. El pensamiento tiene también la forma de la experiencia visual, auditiva, olfativa, etcétera, así como la marca de las acciones vividas, pues estos son los elementos de que se vale la inteligencia práctica.

Dado que la experiencia sensorio-motriz es tan rica, ella, piensa Piaget, determina la adquisición del lenguaje, toda vez que las estructuras con que el niño organiza el mundo físico y social, son las mismas que estructuran el lenguaje.

Si bien Piaget acepta la existencia de una disposición congénita para tratar y organizar la información que llega a través de los sentidos, ésta no es una jurisdicción única del lenguaje sino una facultad cognitiva general.

Los estadios que Piaget propone, registran las habilidades adquiridas tanto en el terreno de la lengua como en el del pensamiento y el del movimiento corporal.

Con base en los avances de la ciencia a propósito de la capacidad de representación, Puente y Rusell desestiman el alcance actual de la epistemología piagetiana. Piaget creía que la representación hacía parte de uno de los estadios superiores del desarrollo, de suerte que no estaría fijada genéticamente. De allí que su noción de “permanencia del objeto”, que se refiere a la competencia del infante para saber de la existencia de un objeto ausente, no aparezca sino entre los 12 y 18 meses (reacciones circulares terciarias del estadio sensorio-motor, según la jerga de Piaget). De esta capacidad depende la posibilidad del lenguaje, si entendemos éste como una imagen, acción, o concepto, que se hace presente en la palabra.

Con todo, estudios posteriores a los de Piaget han demostrado que la habilidad de representación parece ser más una propiedad biológica que una construcción.

Puente y Rusell citan varios ejemplos para aclarar este punto. El del neonato de dos meses que al ser apagada la luz continúa la búsqueda de un objeto antes percibido, es uno de ellos.

Se concluye en este capítulo, luego de un buen ejercicio intelectual, que hay una recia disposición genética al lenguaje (considérese ésta sintáctica con Chomsky o semántica con Bruner), posiblemente organizada en ciertos estadios sensorio-motores y cognitivos que controlan la información que llega al niño.

La información y la experiencia son, sin embargo, a menudo menospreciadas por Puente y Rusell quienes se basan en estudios concernientes a la poca inherencia del habla maternés en el desarrollo del habla del niño. El lenguaje es, según muestran, un órgano sin relación directa con la inteligencia o con otros instrumentos del pensar, evidenciado de esta manera el aprecio que tienen por Chomsky, por lo menos hasta aquí.

Lo cierto es que sólo llegado el Epílogo los autores harán clara su distanciación de la gramática universal, dado que el aprendizaje por asociación y los procesos generales del pensamiento, pueden explicar bastante bien la estructuración de las lenguas (Seebach et al. 1994).

La paradoja de Chomsky es que la lingüística algorítmica no ha podido siquiera describir las oraciones de una lengua específica cualquiera.


El siguiente capítulo, “Cerebro y lenguaje”, explora diferentes hipótesis que tratan con el umbral filogenético del lenguaje. El cerebro recibe mayor atención en estas páginas que la industria prehistórica o la anatomía, pues a lo largo del libro se ha querido insistir en la idea de que el lenguaje es ante todo un órgano. De allí justamente que se preste tanto cuidado a las variaciones encefálicas sufridas en tiempos pretéritos; una suerte de paleoneurofisiología, si se puede utilizar el término.

Fácil sería suponer, como sucede en la opinión popular, que a mayor tamaño cerebral, mayor inteligencia y, en consecuencia, la presencia de un lenguaje.

De cualquier modo, Puente y Rusell examinan la postura antípoda y concluyen que “cada vez hay más pruebas de que el cerebro de nuestra especie Homo Sapiens era de mayor tamaño en el pasado que en la actualidad” (p. 181). Pero la reducción de tamaño es un proceso moderno, y si en algo es enfático este capítulo, es que la evolución del hombre se ha dado primordialmente en términos de un crecimiento encefálico.

El volumen cerebral de nuestra especie es tres veces mayor que el de un chimpancé de la misma talla. Más importante que el tamaño es, sin embargo, la organización cerebral. Conforme a la transformación anatómica de los homínidos, el cerebro Homo fue perdiendo mecanismos que trataban con la información sensorial (salvo la audición) y las habilidades cinéticas, y fue ganando en capacidades intelectuales. Esto es al menos lo que indica el particular desarrollo del neocórtex. Allí se han desarrollado los dispositivos de asociación de las facultades motrices más finas y las actividades cognitivas de nivel superior.

Ahora bien, al entrar en materia de los módulos cerebrales del lenguaje, Puente y Rusell exponen lo dificultoso que resulta atribuir a ciertas áreas precisas la habilidad lingüística. Las áreas de Broca y Wernicke no agotan las funciones del lenguaje, y la plasticidad cerebral revela que el programa lingüístico que determina la conducta del hombre es tan general que, de ser necesario y de encontrarse aún dentro del periodo crítico, el hemisferio derecho puede suplir al izquierdo en la administración del lenguaje (hipótesis de la equipotencia de Lenneberg).

Aparte de los diferentes tipos de afasias, esta sección se ocupa de introducir los temas de la lateralización, las asimetrías de los hemisferios y el del predominio del uso de la mano derecha en el hombre. Este último aspecto es sin duda esencial, y apenas comienza a recibir la atención que merece. La hegemonía del hemisferio izquierdo en las actividades motrices y lingüísticas es también la predominancia de la mano derecha en las actividades técnicas.

Según estudios, los esquemas que Homo habilis seguía para la fabricación de sus utensilios, enseñan que era diestro, lo cual es confirmado por los trazos que un área de Broca considerablemente desarrollada ha dejado al interior de su cráneo. Acaso sea ésta la prueba de que el lenguaje ha sido la principal estrategia de supervivencia del hombre por al menos un millón de años.

Aun así, hay que hacer notar que el proyecto de Puente y Rusell cede por momentos a las técnicas de la frenología. Su sentencia es la siguiente: “la cámara craneal se desarrolla de manera tal, que asume la forma que el cerebro quiere adquirir; por lo tanto, la forma externa del cráneo reproduciría la forma interna cerebral” (p. 202).

Tiempo atrás, no obstante, la paleoantropología ha desechado la hipótesis de que la masa cerebral tenga alguna influencia sobre la forma de la estructura corporal. Antes bien, el crecimiento del cerebro ha dependido del espacio que, producto de la disminución dental y de la bipedestación, ha quedado libre en la bóveda craneal. El tamaño del cerebro es un epifenómeno de la verticalidad (Leroi-Gourhan 1965).

Lo cierto es que no está claro quién fue el primer primate en hacerse de la palabra. La herramienta, alguna vez considerada el punto de ruptura de este enigma, parece haber perdido hoy su valor heurístico. Las pruebas de datación han mostrado que antes de que emergiera Homo habilis, el “hombre era capaz de construir objetos”, ciertos artefactos rupestres eran ya parte de la economía de otros individuos.

¿Esto se daba en una variedad moderna de australopitecinos o, habría que agregar, a una especie de primate que siguió una línea evolutiva diferente a la nuestra?

En nuestros días se sabe que la fabricación y uso de herramientas no es una destreza exclusiva del hombre moderno o arcaico. No obstante, la estereotipación de la industria es un hecho al que solo Homo sapiens logrará imponerse. Ni Homo habilis, ni Homo erectus, en más de un millón de años, lograron el despliegue técnico que Homo sapiens alcanzó en cuarenta mil. Este despliegue súbito en la producción de artefactos y materiales simbólicos, fundamenta la idea desarrollada por Gould (1989) y Bickerton (1990), de que el lenguaje es un acontecimiento genético repentino.

De acuerdo con Puente y Rusell, el lenguaje es el resultado fortuito de la conjunción entre el incremento cerebral y la nueva disposición del tracto respiratorio.

El capítulo sexto, que lleva por título “El mono gramático”, abandona temporalmente el estudio del cerebro para introducirse en el de la consciencia y la inteligencia que exhiben los comportamientos comunicativo, social, y técnico, de algunas aves y primates no humanos. El cometido es estimar qué pueden aportar otras especies a la reflexión sobre el origen de la conducta lingüística humana.

La fórmula que se examina aquí es la siguiente: si la selección natural tiene algo que ver con el desarrollo de la facultad de lenguaje, debe existir algún precursor a partir del cual ésta se ha desarrollado. Los chimpancés, entonces, nuestros parientes vivos más cercanos, deben dar cuenta de un dispositivo similar. Pero aquel espíritu particular de los años setenta y ochenta, que llevó a que un gran número de primatólogos e investigadores entrenaran chimpancés en diferentes códigos simbólicos, comprobó la gran distancia entre especies.

Primero se ensayó un condicionamiento que esperaba respuestas orales. Luego, al comprobarse las limitaciones fónicas de los chimpancés, se decidió por instruirles en una lengua de señas o de códigos visuales artificiales. Y pese a que los resultados fueron variables, ningún chimpancé sobrepasó el dominio de 700 signos, y la comunicación lograda entre mascotas y entrenadores no superó, salvo ciertos casos excepcionales, el umbral instrumental y contextual.

Pero la distancia entre especies no impide reconocer los puntos de encuentro (que son más), y los autores dejan claro que “nuestras capacidades lingüísticas están profunda y sólidamente arraigadas en las facultades cognitivas observadas en el cerebro de los simios” (p. 239). Y una de estas facultades es la inteligencia técnica. Ella enseña que los animales son capaces de resolver problemas inéditos e, incluso, transmitir las soluciones a otras generaciones, forjando así fraccionamientos entre diferentes comunidades que se pueden tildar de culturales. Parece ser, según precisan Puente y Rusell, que el tamaño del neoestriato y el hiperestriato determinan las competencias de invención en las aves (Lefebvre 2002), y el del neocórtex las de los primates.

La psicología ha logrado demostrar que los animales establecen mapas mentales que les permiten proceder en situaciones de la vida diaria. El mapa mental es una imagen global de la situación específica que permite hacer el cálculo de las alternativas.

El conocimiento de lo exterior como una realidad implica, por lo demás, una división con lo interior. El animal no es más el representante de una simple acción instintiva y maquinal, es un ser que logra distanciarse para tomar decisiones sobre sus prácticas (que están ciertamente encaminadas a satisfacer necesidades orgánicas muy precisas). Podría aplicársele al animal, con cierta reserva, el axioma cartesiano cogito ergo sum. La prueba del espejo es, por ejemplo, una evidencia contundente de la autoconsciencia animal, al menos entre aquellos que son tan visuales como nosotros. Esta consiste en situar al animal frente a un espejo tras haber pintado una marca sobre su rostro; si el animal se detiene ante la marca y no asume su reflejo como la presencia de otro individuo, se deduce que es consciente de sí mismo.

La inteligencia social de los primates, junto con la técnica, ha recibido gran atención en el ámbito académico. Al interior de los grupos de la gran mayoría de primates, se manifiestan jerarquías, alianzas, luchas por el poder, etcétera. Incluso Premack yWoodruff (1987) insisten en la existencia de una teoría de la mente en los chimpancés; atribución con la que Dennet (1999) no está de acuerdo, y prefiere llamar “sistemas intencionales de segundo orden”.

Puente y Rusell agregan al conjunto de las inteligencias sociales, la inteligencia maquiavélica, que además de ayudar a explicar el gran tamaño del cerebro de los primates antropomorfos, aclara una de las conductas sociales más importantes: el engaño. Esta conducta está asociada con las alianzas que se establecen en el interior de una comunidad, y su propósito es lograr un equilibrio entre los requerimientos del grupo (que benefician la supervivencia) y los designios individuales. Justamente, el hecho de que ciertas llamadas, gestos, o comportamientos de los primates, no se puedan descontextualizar, es el fundamento del engaño. Es el caso del macaco que hace un llamado de peligro, para así ahuyentar a un congénere que ha encontrado comida con la intención de apropiársela. El llamado de peligro requiere una reacción que no se puede postergar, so pena de convertirse en alimento de otro. De allí que facilite el timo.

Entre las llamadas de los primates, las más estudiadas son las de los monos vervet. Estos monos tienen sonidos específicos para manifestar la presencia de predadores que atacan desde el aire, reptan, o caminan. Una de las conclusiones más substanciales de las que dan cuenta Cheney y Seyfarth (1986, 1990) es que los monos vervet no emiten las llamadas en ausencia de compañeros o en presencia de un rival.

También se le presta atención en este capítulo a la teoría del despulgamiento como comportamiento que cultiva la cohesión social en los primates (Dumbar 2001) más que una mera rutina de higiene. El lenguaje, propone Dumbar, es nuestro modo de despulgar.

“Itinerarios del lenguaje”, es el capítulo final del libro. Allí se trata la hipótesis de la divergencia lingüística a partir de un protolenguaje originario.

Ciertamente este capítulo destaca por su disimilitud metodológica. Ello se debe a que tiene como base la lingüística comparativa y la clasificación de las lenguas.

Pese a esta especificidad, también se comentan diferentes contribuciones realizadas por la genética (Cavalli-Sforza), la arqueología (Renfrew y Bellwood), el estudio de los topónimos (Bynon), y la comparación multilateral (Greenberg), al esclarecimiento de cómo se dio la expansión de las lenguas y cuál fue la primera.

A estos propósitos se encaminan las definiciones de las diferentes variedades lingüísticas, tales como la estandarizada, artificial, pidgin, vernácula, criolla y dialecto, así como los atributos de historicidad, vitalidad y autonomía.

Los autores hacen notar la relevancia de los aspectos económicos (el inicio de la agricultura) y políticos (guerras e invasiones), que atraviesan no sólo las definiciones sino también los impulsos que dieron lugar a la dispersión y enriquecimiento de las lenguas.

Los criterios de clasificación pueden restringirse a dos: el genealógico y el sintáctico. Ambos han dado origen a escuelas aisladas que, sin embargo, comparten el mismo problema: la mutabilidad de las lenguas y la insuficiencia de documentos históricos escritos.

Con relación al origen del lenguaje, Bickerton (1990) opina que ha sido súbito. Para ello hace una analogía, quizá extremada, entre la ontogenia y la filogenia del lenguaje. El cruel ejemplo de la esclavitud del siglo XIX nos muestra que, cuando gentes de diversas procedencias han sido juntadas en torno a un trabajo, han debido crear lenguas con elementos prestados de los códigos maternos de los expatriados y del lugar al que llegaron, para así poder comunicarse. Estas lenguas son llamadas pidgin. Y tras unas cuantas generaciones, estas lenguas gramaticalmente pobres, se convierten en lenguas criollas, que son lenguas propiamente dichas.

Y Bickerton sostiene que algo similar sucedió en el origen del lenguaje. De un no-lenguaje se pasó rápidamente a un protolenguaje, así como de un pidgin se pasa a un creole.

Se presume que este protolenguaje emergió hace un millón y medio de años con Homo habilis y Homo erectus, homínidos cuyo cerebro y comportamiento fueron muy similares a los nuestros.

Ahora, si bien la aparición del protolenguaje fue repentina, la del lenguaje fue un proceso lento de acumulación de palabras, nombres, pronombres, marcadores de tiempo, etcétera. Así pues, a modo de conclusión general, podemos decir que Puente y Rusell han logrado mostrar con lucidez, la ardua labor detectivesca que implica la búsqueda del origen de aquella facultad que nos hace humanos.

Mucho camino se ha recorrido desde los tiempos del rey egipcio Psamético I, pero la pregunta sigue sin respuesta.


Referencias bibliográficas

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FRASE PARA LA MEDITACIÓN

Un muy buen planteamiento de un problema, en ciertos casos es casi más importante que la solución del mismo.

NOTICIA PUBLICADA EN ABRIL 2010 EN EL CIBERESPACIO

Ese artículo fue publicado bajo el título "Chica croata despierta del coma hablando fluido alemán", y un resumen comentado de esta información se transcribe seguidamente.

En realidad el acaecido se puede contar en unas cuantas palabras. Una adolescente croata entró en coma, y 24 horas después despertó hablando alemán, lengua esa que conocía poco y que ahora hablaba a la perfección, mientras que era incapaz de recordar su lengua materna, a tal grado de necesitar intérprete para comunicarse en la misma. La noticia original puede ser leída en la página web cuya dirección se indica.
http://mx.news.yahoo.com/s/16042010/79/n-world-croata-desperto-coma-hablando-fluido.html

¿Dónde está lo interesante del caso? Einsten decía: "Más importante que los conocimientos es la imaginación" o "La formulación de un problema, es casi más importante que su solución".

Esta noticia puede tener un gran trasfondo. Cualquier buen científico que se precie intenta combinar sus conocimientos con la imaginación. Algunas de las preguntas que este científico se haría serían (y ustedes lectores podrían sugerir muchas más, tantas como la imaginación lo permitiese, combinando un poco de conocimientos y algo de sentido común).

¿Es posible que esta chica tuviera un antepasado alemán y que durante el coma se activaran los "genes del idioma alemán"? ¿Será esto posible?

Recuerden que en ciencias como en biología una negación es casi imposible de comprobar. Por ejemplo: ¿Quién me puede negar que existen flores verdes con manchas en formas de corazón rosa? ¿Quién se atreve a negarlo? ¿Acaso han clasificado todas las flores que existen en el Amazonas, o en el África más profunda?

¿Es posible que nuestro cerebro albergue mucho más conocimiento del que imaginamos, y que el coma en esta chica haya despertado ese conocimiento? Será eso posible? ¿Tienen idea los lectores de cuanta información nos cabe en nuestras cabecitas?

El cerebro humano está formado por unas mil millones de neuronas. Cada neurona crea unas 1.000 conexiones con otras neuronas, lo que asciende a más de un billón de conexiones. Si cada neurona sólo puede almacenar un solo recuerdo, la falta de espacio sería un problema. Andaríamos sólo con unos cuantos gigabytes de espacio de almacenamiento, similar al espacio de un iPod o de una unidad flash USB.

Sin embargo, las neuronas se combinan de modo que cada una contribuye con muchos recuerdos a la vez, aumentando de manera exponencial la capacidad de almacenamiento del cerebro a algo más cercano a 2,5 petabytes (1 Pb equivale a 1 millón de gigabytes).

Por comparación, si su cerebro funcionara como un grabador de vídeo digital de un televisor, los 2,5 petabytes serían suficientes para almacenar tres millones de horas de programas de televisión. Vamos, habría que dejar el televisor funcionando continuamente durante más de 300 años para agotar todo lo almacenado.

¿A cuánto llega la capacidad de memoria del cerebro humano?

¿Es posible un tipo de renacimiento o reencarnación en una persona germana? ¿Será eso posible?

Muchos de los lectores posiblemente dirán que eso es pura charlatanería. No obstante, la negación absoluta y sin base sólida, es muy difícil de comprobar.

Existen estudios científicos avalados con toda la seriedad, y al respecto podría incursionarse en el libro "Muchos maestros, muchas vidas" de Brian Weiss.

Brian Weiss es un reconocido médico psiquiatra que era nada más ni nada menos que el jefe de psiquiatría del hospital Mount Sinai de Miami Beach.

Este científico comenzó a hacer terapias de regresión, y se encontró con cosas sorprendentes... Algunas personas podían regresar a vidas pasadas y recordar episodios con lujo de detalle que habían ocurrido cien o doscientos años atrás.

Claro, siempre podemos seguir planteando hipótesis, tantas como nuestra imaginación nos sugiera, tantas como las combinaciones de conocimientos y de buena lógica nos permitan.

En un futuro tal vez no muy lejano, muy posiblemente iremos descubriendo cosas de nuestro cerebro que nos dejarán atónitos.

Nuestro cerebro y su capacidad para pensar, sin duda son una maravilla.


Génesis, capítulo 11: La Torre de Babel

# Todo el mundo hablaba una misma lengua y empleaba las mismas palabras.
# Y cuando los hombres emigraron desde Oriente, encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí.
# Entonces se dijeron unos a otros: "¡Vamos! Fabriquemos ladrillos y pongámolos a cocer al fuego". Y usaron ladrillos en lugar de piedra, y el asfalto les sirvió de mezcla.
# Después dijeron: "Edifiquemos una ciudad, y también una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, para perpetuar nuestro nombre y no dispersarnos por toda la tierra".
# Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo,
# Y dijo: "Si ésta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua".
# "Bajemos entonces, y una vez allí, confundamos su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros".
# Así el Señor los dispersó de aquel lugar, diseminándolos por toda la tierra, y ellos dejaron de construir la ciudad.
# Por eso se llamó Babel; allí, en efecto, el Señor confundió la lengua de los hombres y los dispersó por toda la tierra.

Los hombres decidieron construir una gran torre, cuya cúspide llegara hasta el cielo, desafiando los límites terrenales que ellos poseían. Fue entonces cuando Jehová descendió para ver el trabajo de los hombres. Esto despertó su ira, viendo el orgullo de los hombres, y la insolencia que esto significaba. De ese modo, decidió confundir a los hombres sus lenguas, para que no pudieran entenderse. Así los dispersó Jehovah de allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por tanto, el nombre de dicha ciudad fue Babel, porque Jehovah confundió allí el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los dispersó sobre la faz de toda la tierra.


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